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25/10/09

UN CUENTO DE LAURA NICASTRO

EL DESERTOR

Hannes era alto, rubio y tenía los ojos azules. Por estos tres motivos lo habían reclutado para que se sumara al cuerpo de elite del ejército.
Su mujer, plena de orgullo, lo había despedido con la pequeña en brazos. Mientras besaba la mejilla olorosa a leche cortada, llegó a murmurar "el fruto de éste, nuestro gran amor", pero nadie lo oyó.
Acostumbrado al perfume de la carpintería, a las virutas curvas como signos de interrogación preguntándose por su futuro, al piso muelle cubierto de aserrín, conoció la pólvora, el plomo, el latigazo de las órdenes.
Desertó de noche.
Llegó hasta su casa después de saltar cercas y atravesar jardines y huertas como un gato silencioso. Con puño de felpa golpeó la ventana de la cocina.
- No aguanto, me voy -le dijo a su mujer a través de las celosías apenas entreabiertas.
- ¿Y la patria?
- No importa. No aguanto. No puedo vivir así. Te escribo.
- No, no me escribas. Por favor, por favor..., sería tu cómplice.
- La criatura. Quiero verla antes de irme.
- No, está durmiendo –le dijo ella con cierta dureza-. Si se despierta, llora y nos delatará.
Él le dio un largo y desesperado beso a pesar de las celosías que no terminaban de abrirse. La mujer lo apartó y cerró la ventana.
De día se ocultaba en los graneros recónditos, en las parvas; de noche, avanzaba. Si lo encontraban, le aplicarían la ley marcial. Eludió persecuciones de perros entrenados, atravesó fronteras. Cruzó el Mar del Norte en la bodega de un barco con bandera exótica y bultos malolientes.
En un taller de carpintería del país donde se había refugiado aprendió algunas palabras elementales. También estaban el pan negro, amargo y racionado, la cerveza, el camastro, y la nostalgia por el abrazo caliente de su mujer. Hundía la cabeza en la almohada para recuperar el olor de su pelo. Pero el recuerdo se tornaba esquivo y mayor la ausencia. Escribió cartas de amor, ardientes, angustiosas, que no envió jamás para no comprometerla. Las rompía.
Una mañana supo que el país donde se refugiaba había sido invadido por el ejército de su patria. El peligro lo seguía como un perro cebado. Cuando se acostó a descansar, sintió la aspereza de la sábana y el olor a crin de caballo de su almohada.
Cierta vez, cansado de silencio y aislamiento, fue a una taberna. Había humo, hombres hablando en voz muy baja. Callaron cuando lo vieron . Afuera llovía sobre el temprano atardecer de fines de otoño. Pasó junto a una de las mesas. La palabra "resistansi" (o algo así), apenas espirada, le golpeó las entrañas. Se detuvo frente a ese grupo, se señaló el pecho con el pulgar y, después de mirar alrededor, dibujó con sus labios la palabra "resistansi". Lo miraron con desconfianza, pero lo aceptaron.
Le enseñaron a usar el fusil como ellos querían: rápido. Después, cuando cayó la primera nieve, aprendió a disparar desde los esquíes en movimiento. Incorporó las ventajas de la celeridad y del cuerpo flexible.
Una noche sin luna hicieron la primera incursión contra el ejército de ocupación, aquél por cuyas aspas en movimiento él había huido de su tierra natal. A Hannes le costó distinguir a sus actuales compañeros, totalmente vestidos de blanco, sobre las colinas nevadas. La consigna era clara: con los esquíes, acercarse rápidamente al objetivo, bajar la velocidad, disparar y volver a partir como una exhalación. Eran apenas un puñado, pero la sorpresa multiplicaba su efecto. Los otros los veían, como fantasmas, cuando ellos ya estaban encima. Reaccionaban demasiado tarde.
Hannes lo ignoraba todo acerca de sus compañeros, ellos tampoco sabían nada de él. A la mañana lo recibían su banco de carpintero, la sierra, las virutas como signos de interrogación preguntándose por su futuro. Empezó a juntar unas pocas monedas en una lata. Alguna vez volvería a casa.
Un día oyó campanas echadas a vuelo. El sonido de miles de campanas se extendió por el país, cruzó el agua, se derramó por todo el continente porque el ejército de su patria había sido derrotado por otro, más poderoso. El desertor supo que pronto podría volver a casa.
Soñó con su mujer. Dormido, recuperó el olor de su pelo, el mullido círculo de su abrazo. Vio a su hija corriendo hacia él.
Parado en la cubierta del barco dejó que el agua helada del regreso le salpicara el rostro. Desembarcó en un puerto de su propia tierra devastada por las bombas. En un local semiderruido pidió, en su idioma, algo caliente para beber. Le dieron café de malta. También aquí lo miraron con desconfianza, también aquí todo estaba racionado, pero entendía todas las palabras, los demás lo entendían a él. Ya casi estaba en casa. Pidió prestado un periódico. Entonces se enteró de que los vencedores -los que habían derrotado al ejército de su patria- ahora ocupaban el país con sus armas y sus leyes extranjeras y que estaban buscando a los soldados vencidos. Para ellos, él era un soldado vencido, un partidario del antiguo régimen. Una vez más debía ocultarse.
Recorrió en sentido inverso el mismo camino que había hecho años atrás. Y de la misma manera: viajando de noche, escondiéndose de día. El rostro de su mujer era como la luz de un faro que lo guiaba. Pronto estarían juntos, se hundirían uno en el otro y nada importaría ya.
Llegó, casi como en la otra ocasión, cuando aún era un inocente desertor: con la noche cerrada.
Frente a la gruesa puerta de entrada se detuvo. Acarició la madera generosa que él mismo había torneado pensándola en este lugar exacto. Luego golpeó, suavemente al principio, con un poco más de intención después.
Ella abrió. Se sobresaltó al verlo. Llevaba un recién nacido al pecho. Atrás se veía la luz rojiza que despedía el hogar. Se miraron en silencio.
- No sabía qué te había pasado –murmuró ella, rápido, cuando pudo recuperarse de la sorpresa-. Ninguna noticia tuya. Nada.
- Pero... -quiso decir Hannes. Se adelantó un paso y ella trabó la puerta con el cuerpo.
Una voz de hombre preguntó desde el piso superior:
- ¿Quién es?
- Nadie, querido, nadie -gritó la mujer hacia adentro, mientras mantenía la puerta trabada con el pie. Hannes bajó la vista. ¿Cuántas veces había acariciado ese empeine suave, cuántas rozado los dedos como pimpollos? Como si adivinara sus pensamientos, los dedos se movieron dentro de las pantuflas blandas-. Un refugiado que se equivocó de dirección. No hace falta que bajes. Ya se está yendo –agregó ella en voz bien alta.
- Y ... lo sabemos, la guerra, yo sola con ... nuestra hijita –le susurró a él.
- ¿Dónde está? Quiero verla.
Ella se encogió de hombros, abrió la boca para responder, pero el bebé empezó a lloriquear. Hannes y ella intercambiaron una larga mirada. Él extendió una mano, quiso acariciarla. La extrañaba tierna. La mujer retrocedió y empezó a entornar la hoja.
Hannes se dio vuelta. Oyó que la puerta se cerraba definitivamente a sus espaldas.
Todavía se quedó un rato parado en el lugar, de frente a la vasta noche herida de constelaciones. Después partió.

La Tigra - GEL, Buenos Aires, octubre de 2009.

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